Cuando me casé, empecé a celebrar
los cumpleaños y los santos juntando a toda la familia (la mía y la de mi
marido), pero tras varios años decidimos separarlas y celebrarlo en dos tandas.
Cada vez éramos más y la logística resultaba muy complicada. En muchas
ocasiones, por atender a todos, no nos daba tiempo ni a sentarnos a comer un
canapé. Al final era mas tranquilo, cómodo y rentable preparar dos comidas
que hacer aperitivos para veintitantos. Una desventaja de esta disgregación es
cuando coinciden las dos comidas en un mismo fin de semana o día (almuerzo y
cena). A veces, por como caen las fechas, no hay mas remedio y, no solo
acabamos destrozados, sino que además sobra muchísima comida.

Esto es lo que pasó en el último
cumpleaños de mi marido, en el que me vi en la tesitura de estar cansada recogiendo
lo que había sobrado de la comida con su familia, mientras me planteaba como hacer
y decorar una tarta para el día siguiente. Pero cuando vi que había sobrado
media tarta de ese día, lo vi claro: la aprovecharía para sacar una tarta más
pequeña para mi familia (esta vez éramos solo 5) y así solo tenía que hacer la decoración
y me podría acostar temprano…estaba reventada!!