En una de esas raras veces en las
que hago la compra (ya os he dicho que mi marido asume gran parte de las
labores domésticas) encontré un stand de repostería del Dr. Oetker en el que
había varias cajas de fondant blanco y lápices pasteleros. Siempre me había
llamado la atención la pasta de azúcar y, aunque tenía pensado hacer un curso Wilton
para aprender a usarlo, no pude resistir la tentación de comprarlo para probar.
Por otro lado mi suegra me había
pasado una receta de galletas de mantequilla que parecía muy sencillita y en la
que no había que dejar la masa reposando un día, como decía en todas las
recetas que encontraba por la red. Así que, aprovechando que tenía una barbacoa
en casa de una amiga, decidí hacer mis primeras galletas y decorarlas con
fondant. ¡No podía ser tan difícil!
El primer problema con el que me
encontré fue que no había dios que amasase el engrudo de ingredientes de la
receta. Tengo poca fuerza en las manos y mi robot de cocina de entonces no daba
mucho de sí, por lo que tuve que terminar de mezclar la harina a mano. Me costó
un montón. Se me pegaba constantemente a las manos, no conseguía mezclarlo y
acabé con un dolor de muñecas considerable. Si mi marido leyese esto me
llamaría exagerada pero, para hacer honor a la verdad, al final tuvo que venir él
una vez mas al rescate y terminar de amasarlo todo, enseñándome cómo hacerlo
para que me resultase fácil y cómodo.