Desde que he descubierto esta
crema, es una de mis favoritas para rellenar los bizcochos de las tartas que
hago. Bien es verdad que la primera vez que la probé no me gusto ya que, aunque
seguí las instrucciones al pie de la letra, me salió una crema muy blanda y difícil
de trabajar. Fue un año después cuando, haciendo un curso, probé otra receta y descubrí
lo maravillosa que era.
Desde entonces la he utilizado muchísimo,
a veces incluso no me ha quedado bien, como aquella primera vez, pero eso me ha ayudado a darme cuenta de dónde estaban los fallos. Además hay veces que, por miedo a meter la pata,
repetimos las recetas al milímetro como papagayos, e incluso las copiamos y
compartimos repitiendo los mismos consejos que venían en las originales, sin ni
siquiera haber probado a no seguirlos y ver qué pasa. Ya sabéis lo típico de “no
hagas esto que no se integra bien” o “si haces esto otro se reblandece y no
podrás usarlo”. Por ello me he animado a escribir
este post donde, a demás de explicaros cómo hacer la crema, os voy a decir cuáles
son los “falsos mitos” que circulan sobre ella.